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¿Qué es la luz? Es muy probable que alguien que nunca haya estudiado aquéllo de lo que hoy voy a hablar más de una vez se haya comido el coco pensando en esta pregunta.

Desde el principio de la filosfía, la respuesta a esta cuestión ha estado dividida, principalmente, en dos puntos de vista. El primero de ellos el que pensaba que la luz era una onda, y el segundo que eran una sucesión de partículas o corpúsculos que se desplazaban en línea recta a partir de un foco emisor. Hoy hablaremos de la larga historia de este tema, y de cómo acabó trayendo de cabeza a los físicos de finales del XIX.

Para empezar con ello, es imprescindible hablar también del antiguo debate sobre si la materia es continua o si está cuantizada. Es decir, si todo se podía descomponer en infinitos pedazos infinitamente pequeños, o si por el contrario acabaría llegando el momento en que la materia no se pudiese dividir más, y formase una estructura fija e irrompible. De esta segunda rama surgió el concepto puramente teórico del átomo (no-partes).

No obstante, y pese a que hoy en día se ha demostrado lo contrario, en la antigua Grecia tuvo mejor aceptación el pensar que le materia era perfectamente divisible sin límite alguno. Esto no es de extrañar si se tiene en cuenta que, como ya expliqué, opinaban que ese ente superior bautizado por Platón como Demiurgo debió de crear el Universo buscando la perfección, y que esta se encontraba en la infinidad y en la eternidad.

La consecuencia de que la materia fuese continua para el tema de hoy es que, evidentemente, los haces de luz (considerados sucesiones de materia luminosa), también tendrían que ser continuos y completamente divisibles.

Además, en aquéllos tiempos hubo quien supuso que la luz era emitida por los ojos para capturar las imágenes y que luego volvía a ellos con la información obtenida. Cosa que hoy sabemos que es completamente falsa.

Y en lo referente a esto, poco más se puede decir de la antigua Grecia.

Con la llegada del Renacimiento y el consecuente renacimiento de la física, las investigaciones volvieron a abrirse camino, y esta vez los dos frentes estaban bastante bien argumentados.

Por un lado estaban otra vez los que consideraban que la luz era material, y lo defendían explicando que sólo así se podían explicar fenómenos como la reflexión, en la que los haces de luz, al chocar con una superficie, retrocedían exactamente con el mismo ángulo de incidencia. Asimismo, era imposible que se tratase de una onda ya que en ese caso tendría que penetrar en algunos recintos cerrados, como lo hacía el sonido.

Por el otro lado estaban aquéllos a quienes les convencía más pensar que se trataba de una onda, y el principal motivo para sostener esta teoría residía en el hecho de que la luz no tiene masa, y si fuese materia debería tenerla.

De los dos bandos, el que una vez más salió ganando durante un largo tiempo fue el primero, ya que contó con el apoyo del personaje más célebre de la física del momento: Isaac Newton.

Y fue necesario esperar a que Newton desapareciese del panorama para que alguien se atreviese a seguir investigando las propiedades ondulatorias de la luz sin que resultase una falta de respeto a un personaje célebre. Así surgió el relativamente conocido Experimento de Young o de la Doble Rendija, a finales del siglo XVIII. Dicho experimento, además, está considerado como uno de los más bonitos en la historia de la ciencia.

El único material que necesitó este físico para cambiar la historia del estudio de la luz fueron un par de cajas con forma de prisma ortogonal apoyadas sobre una mesa, cada una con un agujero circular de diferente tamaño en uno de sus lados.

En un principio colocó un foco delante de la que tenía el mayor agujero y lo iluminó. El resultado fue el esperado: la luz se propagó en línea recta y el interior del lado opuesto de la caja al del agujero quedó iluminado por un círculo de luz del mismo tamaño que el agujero.

Después enfocó el agujero pequeño de la otra caja, pero en esta ocasión el resultado fue diferente: la luz se propagó en todas direcciones tras atravesar el agujero y la zona iluminada fue mucho mayor que este, si bien seguía siendo circular.

¿Cómo se puede explicar esto? Pues la respuesta fue muy fácil para aquéllos para los que la luz era una onda. En el primer experimento el agujero era muy grande, bastante más que la longitud de onda descrita por el haz de luz, lo que le permitió propagarse en línea recta sin problema. En el segundo experimento, en cambio, el agujero era más pequeño que la longitud de onda del haz luminoso, lo que provocó una alteración en el mismo para que pudiese pasar, e hizo que su trayectoria recta de dividiese en múltiples haces de luz más pequeñitos con direcciones oblicuas respecto a la original.

Pero Young, no satisfecho con este resultado, quiso ir más lejos, y ahora si, llegamos a la doble rendija.

Tras el experimento anterior, siguió trabajando con la caja del agujero pequeño, a la que la arraconcó una fina tira de metal de la parte de superior que la atravesaba de lado a lado, paralela al lado con el agujero. Por esta nueva ranura introdujo dos placas metálicas que cerraban de nuevo la caja, atravesándola de arriba a abajo por el medio, y dividiendo su interior en dos recintos separados, uno con el agujero y otro sin él. Después, a la rendija más próxima al agujero, le hizo dos orificios casi en cada extremo y la volvió a introducir en la caja.

Entonces iluminó una vez más el mismo agujero con un haz de luz semejante al del primer experimento, dando el mismo resultado. La placa metálica fue iluminada por un haz circular de mayor radio que el agujero, sin que ninguno de sus orificios (taponados por detrás por la otra placa) quedase iluminado.

Hasta aquí todo parecía normal, pero Young se guardaba un as en la manga. En esta ocasión extrajo la otra placa y le hizo dos orificios exactamente iguales que a la anterior, para después ubicarla junto a ella haciendo coincidir sus orificios. Tras esta modificación, las dos partes de la caja quedaron comunicados por los nuevos agujeros en las placas que los dividían. Solo entonces Young se dispuso a iluminar de nuevo el agujero.

En un principio podría parecer que este experimento estaba de más, ya que antes la luz no llegó a los orificios interiores, pero sin embargo en esta ocasión no solo los alcanzó, sino que la luz llegó también a la otra sección de la caja, generando una tira de proyecciones en el lateral opuesto al del agujero que alternaban luz y oscuridad. Increible.

Las proyecciones luminosas alternativas fueron claramente explicadas a partir de la teoría ondulatoria del mismo modo que el choque entre varias olas del mar, que siempre de la lugar a crestas más grandes donde chocan los centros de las mismas, y a zonas más bajas en el resto del impacto. Allí había pasado lo mismo. Donde las crestas de los haces de luz que venían de cada orificio chocaron de frente, se formaron imágenes más claras, y en el resto de las zonas la luz se extinguió dejando lugar a la oscuridad.

Sin embargo, lo más sorprendente del experimento es otra cosa. ¿Por qué cuando las dos secciones de la caja estaban separadas la luz chocaba de frente con la primera placa y, sin embargo, cuando estaban comunicadas ésta daba un rodeo para atravesar los orificios y llegar a todo el recinto? ¿Cómo puede saber el haz luminoso antes de propagarse si se va a encontrar con un obstáculo o no? La respuesta a esto se sigue buscando hoy en día.

Así pues, nos adentramos en el siglo XIX con la duda de si la luz es una onda o es material, sin saber cómo conoce su recorrido antes de realizarlo, y sin poder explicar su ausencia de masa haciéndola compatible con la reflexión y la refracción. Aunque, como es de entender, después de los experimentos de Young la física se centró más en apoyar la teoría ondulatoria.

El siguiente punto a tratar fue calcular exactamente a qué velocidad se movía la luz. Para ello usaron el método por excelencia, basado en los sistemas de referencia de Galileo: dejar escapar un haz de luz y medir a qué velocidad se alejaba del punto de partida. El resultado fue el conocido valor de 300000km/s. Para asegurarse de que este resultado era cierto, cambiaron ligeramente el experimento y sobre los extremos de una línea recta ubicaron un foco y un científico con un cronómetro, montado en un vehículo que se desplazaría hacia el foco a x km/s. En el instante en que dicho vehículo arrancó, encendieron a la vez el foco. Según la mecánica clásica, el haz y el científico se aproximarían el uno al otro a una velocidad v = 300000 km/s + x km/s. Sin embargo, descubrieron que la velocidad a la que se aproximaban era de nuevo la de la luz.

¡Pero eso es muy complicado!, pensaréis más de alguno. Y entonces estaríais equivocados. No es muy complicado: es imposible. Carece de lógica que dos cuerpos en movimiento, yendo uno hacia el otro, se aproximen a uno velocidad igual a la de tan solo uno de ellos, como si el otro no estuviese formando parte del experimento. Un verdadero caos.

Después de esto comprenderéis que era completamente necesario que alguien organizase semejante incoherencia, pero esa ya es otra historia. Era el fin de la mecánica clásica.

Cómo empezó todo es una de las grandes preguntas que aún hoy se siguen debatiendo, y a su vez también una de las que probablemente nunca sean resueltas de un modo totalmente convincente

Los antiguos presocráticos, en la cuna de la civilización, apostaron por un modelo de mundo sin principio ni fin, donde las cosas cambiaban pero nunca aparecían de la nada. Y es que esta idea es tan reconfortante que no cuesta mucho aceptarla, ya que anula la posibilidad del llamdo “Apocalypsis”

La estructuración de esta teoria fue hecha por primera vez a fondo por una de las grandes celebridades de la filosofía griega: Platón. Según este hombre la materia exisitó desde el primer momento, pero de un modo caótico, tal que no tenía punto de comparación con lo que es hoy en día. Así pues, fue necesaria la intervención de un ser superior y autosuficiente para estructurar todo aquéllo, y a este ser los denominó Demiurgo, el gran arquitecto

El Demiurgo, por su propia naturaleza puramente intelectual, debía de haber creado el este mundo buscando la perfección y la belleza, de modo que el mejor modo de hacerlo, indudablemente, sería dotándole de la eternidad, si bien favoreciendo todos los cambios que en él se apreciaban

Años después Aristóteles, basándose en esta misma idea de que la naturaleza tenía una estructura perfecta, fue uno de los principales defensores de que todo seguía un modelo matematizado, junto con los pitagóricos. Asimismo, también participó en la teoría de que La Tierra era redonda, si bien tuvo el error relativo de seguir el modelo geocéntrico. Y cuando digo el error relativo es porque esta teoria no debería estar del todo desprestigiada por motivos que explicaré en otro momento, cuando hablemos de relatividad general

Aristóteles fue considerado como el Padre de la Ciencia en los siglos venideros, e incluso con la llegada de la Religión Católica sus métodos empiristas para el estudio de la naturaleza sirvieron a filósofos como Santo Tomás de Aquino para llegar a la conclusión de que Dios existe, basándose, por ejemplo, en que todo cuerpo en movimiento es movido por otro anteriormente, llegando así hasta un primer motor inmóvil capaz de moverse a sí mismo que sería la divinidad

Pero con la implantación de la religión, que respondía a todas las grandes preguntas con la fe, pasaron unos dos milenios antes de que la ciencia volviese a avanzar, o por lo menos a intentarlo, ya que todos conocemos la suerte que corrió uno de los grandes en este tema: Nicolás Copérnico. Acusado de blasfemia por proponer que La Tierra no era el centro del Universo, sino que lo era el Sol, sus estudios de este modelo heliocéntrico no fueron aceptados hasta muchos años después, y cuando esto pasó, entonces si, la ciencia resurgió, y ya teníamos un Universo donde alrededor del Sol giraban todos los planetas conocidos, pero del que aún se desconocían muchas cosas, entre ellas uno de los grandes misterios de la física moderna, que es la gravedad

A finales del siglo XVI apareció una ilustre figura más llamada Johannes Kepler, quien centró sus estudios en organizar la estructura de los movimientos de los astros, todavía indeterminados, los cuales resumió en tres sencillas leyes que no son tan fáciles de demostrar como de comprender, y cuyo enfoque matemático se verá más adelante

La primera ley de Kepler, la más conocida, explica que las órbitas que siguen los astros en sus movimientos de traslación son completamente planas, dado que su momento angular es nulo. Es decir, La Tierra, Júpiter, Saturno y lod demás planetas describen el perfil de una elipse en sus trayectorias, donde el Sol estaría ubicado en uno de los focos de la misma, o lo que es lo mismo, la suma de la distancia del Sol y otro punto fijo X del espacio hasta cualquiera de los planetas del Sistema Solar es constante para cada uno de ellos

La segunda ley de Kepler demuestra a partir de un cálculo integral que el movimiento areolar de los planetas es constante, o dicho de otro modo, que si trazásemos una línea recta desde el centro de un planeta de nuestro sistema y lo uniésemos con el Sol, y tras un cierto tiempo lo volviésemos a unir y calculásemos el área encerrada en el recinto entre las dos rectas y la elipse del movimiento de traslación, obtendríamos que siempre se obtendría el mismo valor para intervalos de tiempo semejantes. La consecuencia de esto es que cuanto más cerca está un planeta de su estrella mayor es su velocidad, para compensar el diminuto radio de distancia con el que debe engendrar la superficie antes mencionada. A su vez, los planetas se mueven más despacio cuanto más lejos están de su estrella

Por último, la tercera ley es la relación entre el “radio” de la elipse descrita y el periodo de traslación del planeta que la recorre. Kepler comprobó que el cuadrado de este periodo dividido entre el cubo del valor de este “radio” es igual a una constante interplanetaria que ha permitido calcular los periodos de planetas más alejados como Urano o Neptuno (con su debida comprobación posterior). “Radio” está escrito entre comillas porque la elipse carece de él, y se considera radio a la mitad de la suma de la primera ley

Explicado todo esto, tan solo quedaba un último misterio por resolver, que llegó de mano del máximo representante de la física clásica: Isaac Newton

Ya estaba claro que los satélites giraban alrededor de los planetas, que los planetas giraban alrededor de las estrellas, que las estrellas giraban alrededor del centro de sus constelaciones y que, aparentemente, éstas giraban alrededor del centro del universo, pero hasta entonces nadie se había preocupado por explicar qué era lo que mantenía todo eso “pegado”

La historia dice que estando Newton sentado debajo de un árbol se le cayó una manzana y que así se le ocurrió la gravedad, pero otras versiones dicen que ya había pensado en ella mucho antes, e incluso que eso no es más que una historieta con la que acordarse mejor de él

Fuere como fuere, el caso es que desarrolló la fórmula que hoy se conoce como la fundamental de la interacción gravitatoria, que explica que todas las masas se atraen entre ellas a través de la fuerza de gravedad, y que ésta aumenta cuanto mayores son las mismas, disminuyendo cuanto más alejadas están entre si:

Fg = G m m´/r^2

Donde G sería la constante de gravitación

No obstante, opino que el valor de dicha constante podría estar mal calculado, ya que está hecho en base a un cuerpo atraído por La Tierra, despreciando por completo la atracción hacia el exterior que puede ejercer la Luna y los demás astros sobre él, y que si fuesen tenidos en cuenta es probable que lo alterasen en unas décimas

Otra cosa con la que no estoy de acuerdo es con la relación directamente proporcional que se me ha hecho estudiar entre el radio de distancia al núcleo de La Tierra y la atracción gravitatoria. Me explico. Según la física impuesta en bachiller (desconozco si en la universidad es igual o no), al ser La Tierra considerada una esfera de densidad uniformemente distribuida, a medida que nos acercamos a su núcleo es menor la masa que nos atrae hasta él, llegando a ser nula al llegar al mismo, y este decrecimiento en la interacción gravitatoria lo describen con una función lineal continua, mientras que para mi se hace evidente que debería ser parabólicamente acelerada. La masa que nos deja de atraer cuando nos acercamos al núcleo no es proporcional a cada paso de profundidad, sino que es cada vez mayor, y no debemos olvidar que la tierra que nos vamos dejando por encima al adentrarnos en el núcleo debería ejercer una atracción gravitatoria sobre nosotros hacia fuera, como muestro en el dibujo adjunto. La consecuencia de esto es que en realidad el núcleo de cualquier planeta no tiene una atracción nula, sino que en él toda la masa del planeta atrae a los cuerpos hacia todas las direcciones posibles, y estas múltiples interacciones se anulan unas a otras, generando el conocido efecto de “gravedad 0″